31 julio, 2009

La tienda de la verdad


El hombre paseaba por aquellas pequeñas callecitas de la ciudad provinciana. Tenía tiempo y por eso se detenía algunos instantes delante de cada escaparate, delante de cada tienda, en cada plaza. Al torcer una esquina se encontró de pronto frente a un modesto local cuya marquesina estaba en blanco. Intrigado, se acercó a la vidriera y arrimó la cara al cristal para poder mirar dentro del oscuro escaparate... En el interior solamente se veía un atril que sostenía un cartelito escrito a mano que anunciaba:

Tienda de la verdad

El hombre estaba sorprendido. Pensó que era un nombre de fantasía, pero no pudo imaginar qué vendían.
Entró.
Se acercó a la señorita que estaba en el primer mostrador y preguntó:
- Perdón, ¿esta es la tienda de la verdad?
- Sí, señor. ¿Qué tipo de verdad está buscando? ¿Verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa?
Así que allí vendían verdad. Nunca se había imaginado que aquello era posible. Llegar a un lugar y llevarse la verdad era maravilloso.
- Verdad completa -contestó el hombre sin dudarlo.
"Estoy tan cansado de mentiras y falsificaciones", pensó. "No quiero más falsificaciones ni generalizaciones ni justificaciones, engaños ni fraudes."
- ¡Verdad plena! -ratificó.
- Bien señor. Sígame.
La señorita acompañó al cliente a otro sector, y señalando a un vendedor de rostro adusto, le dijo:
- El señor le atenderá.
El vendedor se acercó y esperó a que el hombre hablara.
- Vengo a comprar la verdad completa.
- Ajá. Perdone, pero, ¿el señor sabe el precio?
- No. ¿Cuál es? -contestó rutinariamente. En realidad, él sabía que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por toda la verdad.
- Si usted se la lleva -dijo el vendedor- el precio es que nunca más volverá a estar en paz.
Un escalofrío recorrió la espalda del hombre. Nunca se había imaginado que el precio fuera tan alto.
- Gra... gracias... Disculpe... -balbuceó.
Dio la vuelta y salió de la tienda mirando al suelo.
Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que aún necesitaba algunas mentiras en las que encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo...
"Quizá más adelante", pensó.


Jorge Bucay, Déjame que te cuente....

18 junio, 2009

Elogio de la lentitud


Una tarde bruñida por el sol de verano de 1985, mi viaje de adolescente por Europa se detiene en una plaza de las afueras de Roma. El autobús que ha de llevarme a la ciudad lleva veinte minutos de retraso y no parece que fuera a aparecer. Sin embargo, el retraso no me molesta. En vez de ir de un lado a otro por la acera o llamar a la compañía de autobuses y presentar una queja, me pongo los auriculares del walkman, me tiendo en un banco y escucho a Simon y Garfunkel, que cantan sobre los placeres de hacer las cosas despacio y el momento duradero. Cada detalle de la escena está grabado en mi memoria: dos chiquillos dan patadas a una pelota alrededor de una fuente medieval, las ramas de los árboles rozan un muro de piedra y una anciana viuda lleva verduras a casa en una bolsa de mallas.


Avancemos velozmente quince años, y todo ha cambiado. El escenario es ahora el ajetreado aeropuerto romano de Fiumicino, yo soy un corresponsal de prensa extranjero que se apresura a tomar el vuelo de regreso a Londres. En vez de dar puntapiés a los guijarros y sentirme eufórico, camino a grandes zancadas por la sala del aeropuerto, maldiciendo en silencio a toda persona que se cruza en mi camino a un ritmo más lento. En vez de escuchar música popular con un walkman barato, hablo por el móvil con un director de periódico que se encuentra a miles de kilómetros de distancia.


En la puerta me coloco al final de una larga cola, en la que no hay nada que hacer más que esperar. Soy el único incapaz de estar mano sobre mano. Hacer que la espera sea más productiva parece que sea menos espera, así que me pongo a hojear un periódico. Y es entonces cuando tropiezo con el artículo que acabará por inspirarme para escribir un libro acerca de la lentitud.


He aquí el titular que me llama la atención: “El cuento para antes de ir a dormir que sólo dura un minuto”. A fin de ayudar a los padres que han de ocuparse de sus pequeños consumidores de tiempo, varios autores han condensado cuentos de hadas clásicos en fragmentos sonoros de sesenta segundos. Hans Christian Andersen comprimido en un resumen para ejecutivos. Mi primer reflejo es gritar ¡eureka! Por entonces estoy trabado en un tira y afloja con mi hijo de dos años, a quien le gustan los relatos largos leídos despacio y con muchas digresiones. Pero todas las noches procuro echar mano de los cuentos más cortos y se los leo con rapidez. A menudo nos peleamos: “Vas demasiado rápido”, se queja. O, cuando me dirijo a la puerta: “¡Quiero otro cuento!”. En parte me siento atrozmente egoísta cuando acelero el ritual a la hora de acostarse el pequeño, pero por otra parte no puedo resistirme al impulso de apresurarme para hacer el resto de las cosas que figuran en mi agenda: la cena, el correo electrónico, leer, revisar facturas, trabajar, las noticias de la televisión… dar un paseo largo y lánguido por el mundo del doctor Seuss no es una opción factible. Es demasiado largo.


Así pues, a primera vista, la serie de cuentos para antes de ir a dormir reducidos a un minuto parece demasiado buena para ser cierta. Sueltas de carrerilla seis o siete “cuentos” y terminas antes de que hayan pasado diez minutos: ¿podría haber algo mejor? Entonces, cuando empiezo a preguntarme con qué rapidez Amazon podrá enviarme toda la serie, aparece la redención en forma de interrogante: ¿acaso me he vuelto loco de remate? Mientras la cola ante la puerta de embarque serpentea hacia la última comprobación del billete, doblo el periódico y me pongo a pensar. Mi vida entera se ha convertido en un ejercicio de apresuramiento, mi objetivo es embutir el mayor número de cosas posibles por hora. Soy Scrooge con un cronómetro, obsesionado por ahorrar hasta la última partícula de tiempo, un minuto aquí, unos pocos segundos allá… Y no se trata sólo de mí. Todas las personas que me rodean, los colegas, los amigos, la familia, están atrapados en el mismo vórtice.


Carl Honoré, Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad.

14 abril, 2009

Les ombres de Plató


Al segle V aC, Plató, un dels grans filòsofs grecs, escriu l’al•legoria de “la caverna”, que podem trobar a La República. A fora de la caverna hi ha una foguera i, a l’interior, hi ha uns presoners que viuen encadenats d’esquena a la llum, de manera que ni tan sols poden girar el cap. L’únic que poden veure és la paret del fons de la cova, on es projecten les ombres de les persones que habiten l’exterior i que, de tant en tant, passegen davant de l’entrada de la gruta. De fet, aquests presoners han viscut així des que van néixer, i tan sols han conegut aquestes ombres que es mouen –i que semblen parlar– davant dels seus ulls. Aquesta és la seva única realitat fins que, un dia, un d’ells aconsegueix fugir, i descobreix –no sense sofriment– el món real que hi ha a l’exterior. Malauradament, però, quan torna amb els seus companys i els explica el que ha vist, aquests no creuen res del que senten. Fins al punt que, si poguessin, el matarien.

Ara, a principis del segle XXI, molts de nosaltres vivim deslliurats d’algunes de les cadenes del passat. En canvi, d’altres, hi continuem tan fermament lligats que ni tan sols ens n’adonem. I, en tercer lloc, hi ha molts àmbits en els quals hem perdut tants referents històrics i ideològics que ja no tenim cap temptació de deixar-nos rodolar pels suaus pendents de la llibertat. D’una manera o altra, tots som lliures, esclaus i inconscients. De fet, el més important és saber en quins àmbits exercim amb llibertat, en quins estem condemnats a l’esclavatge i en quins ens sentim satisfets de la nostra còmoda ignorància.

Evidentment, el camí no és gens senzill. Doncs, sovint, encara que ens puguem desfer d’algunes cadenes, rarament tenim prou veu. I, en la majoria dels casos, les nostres paraules no representen cap contingut significatiu per a les orelles d’aquells companys que ens senten però que no ens escolten. Les nostres paraules esdevenen un soroll inintel•ligible. I, a mesura que intentem emetre els nostres propis sons, provem de silenciar els altres sorolls que ens envolten i que ens obliguen a cridar cada vegada més alt. Cridem i intentem silenciar qui va ser capaç de sortir de la foscor i va poder mirar com el sol il•luminava la realitat amb tota la seva esplendor. Intentem silenciar a ell i a la resta de presoners que, com nosaltres, volen imposar la irrealitat de la seva realitat. I, alhora, tots plegats continuem al fons de la caverna, tot provant de demostrar que l’exterior no existeix i que l’única realitat són unes ombres que fa massa temps que observem. De tal manera que, encara que la mentida resulti evident, seguim sense voler veure el camí de sortida que brilla rere nostre.

Mentrestant, a fora, el Sol, pacient, sense pressa, il•lumina l’agonia de l’ésser humà. És a dir, de la lluita dels humans per arribar a ser humans.


Article publicat amb Oriol Junqueras Vies el 24 de desembre de 2008 al in.directe.cat/

29 marzo, 2009

Remolins de realitat inventada



De vegades et sembla que massa coses volen al teu voltant, massa coses giren sense parar, coses que tenen vida pròpia i que sembla que mai moriran. I un bon dia et despertes i somrius, somrius perquè veus que res de tot això era real, que tot havia estat un malson i que pots continuar el teu camí sense haver d’esquivar fantasmes imaginaris que només existeixen dins el teu cap. És aleshores -quan entens que el problema eres tu, només tu, i no el que girava sense parar al teu voltant- que comences a entendre una petita part de la teva realitat. Una realitat que sempre se t’escaparà encara que sigui la teva pròpia existència, una realitat que sempre anirà davant de les teves pròpies passes i que, de tant en tant, t’enviarà uns quants fantasmes que giraran al teu voltant sense parar i que hauràs d’aprendre a esquivar perquè, en realitat, només són fruit de la teva pròpia imaginació desenfrenada.

19 marzo, 2009

La primavera


Perquè la gent es planteja iniciar els seus bons propòsits el dia d’any nou? Que comenci un nou any no vol dir que sigui el moment ideal, al menys per a mi, per començar a fer coses que portem pensant durant setmanes i que sempre hem posposat per una raó o una altra. Deixar de fumar, anar al gimnàs i fer més exercici... en fi, canviar tot allò que trobem de negatiu en la nostra vida.

Per a mi aquest canvi comença ara, a la primavera, quan els arbres surten de la seva llarga hibernació i les flors comencen a treure el cap. Però no només són els arbres els que es desperten, les persones també ho fan. Després de llargs mesos de fred, vent i pluja comença el bon temps i la nostra actitud cap a la vida canvia. La majoria de persones troba l’alegria que havia perdut en algun dia gris del mes de desembre i comencen a somriure, a enamorar-se, a gaudir del plaer de viure pel simple fet d’estar aquí i poder respirar sota aquest sol que ha fet que ens puguem despertar. Si encara no ho heu notat no passa res, pareu un moment i observeu al vostre voltant, segur que després d’una estona ho veieu, i si seguiu sense veure-ho tampoc no passa res, és qüestió d’insistir!

És per això que avui comencen els meus bons propòsits, si senyor! Però m’agradaria ser realista i em limitaré només a un: deixar de fumar... Així que ara mateix llençaré els paquets de tabac, els encenedors i els cendrers i només guardaré un paquet de tabac per tenir-lo ben a la vista, per tenir present que vull deixar de fumar perquè és dolent i no perquè no tinc què fumar.

D’aquesta manera comença el dia 1!!!

13 marzo, 2009

Capítulo 1: El senyor Miguel

A sus 45 años su rostro ya había sido invadido por las arrugas. Las había de todas clases. En la frente y entre las cejas se podía observar a unas cuantas de ellas muy profundas y paralelas, alrededor de sus ojos negros y de sus labios las marcas del envejecimiento del cutis eran pequeñas y poco marcadas, aunque no pasaban desapercibidas, e iban en la dirección en la que su manera de sonreír había determinado. Para poder observar más minuciosamente el paso del tiempo en su rostro había que acercarse demasiado, por lo que su esposa, la señora Clara, era la única que podía saber con precisión los cambios que, uno tras otro, se iban produciendo.

A sus 55 años su piel ya había empezado a perder la elasticidad. El primer signo incuestionable de que esto estaba sucediendo se dio entre la barbilla y el cuello, lugar en el que la piel cedió a la gravedad terrestre. Pero la falta de amoldamiento de su corteza humana no se limitó solo a ésta zona de su cuerpo. Sus brazos parecían estar consumiéndose desde dentro, igual que sus piernas, haciendo que el traje natural del señor Miguel fuera demasiado grande para su cuerpo interior, como si el adhesivo natural que une la piel al músculo se debilitara, como si la atracción molecular entre los distintos elementos desapareciera de un modo casi imperceptible pero evidente. Aparte de la falta de elasticidad su pellejo se fue suavizando, como las mejillas de un recién nacido, haciéndose cada vez más fino y emblanquecido año tras año.

A sus 60 años su cabello ya era de un blanco intenso. Hacía tiempo que éste había perdido su color natural, y aunque tampoco ocurrió de un día para otro, el proceso fue rápido, como si hubiera envejecido de golpe. En cuestión de meses ese negro azabache que siempre lo había caracterizado empezó a volverse gris, comenzando por la nuca y avanzando, poco a poco y día tras día, hasta llegar a las cejas. Éste fue el primer síntoma evidente, para él y para todos aquellos que lo rodeaban, de que ya se estaba haciendo mayor, hasta que llegó el segundo síntoma manifiesto y que acabó de identificar al señor Miguel como una persona de la tercera edad.

A sus 70 años sus huesos y sus músculos habían empezado a debilitarse notablemente. El señor Miguel ya no podía salir a pasear durante horas por el pueblo o por el bosque sin la ayuda de su bastón. Sus piernas ya no aguantaban su peso durante mucho rato, se cansaba y hasta le faltaba el aliento, su respiración era ronca y a veces necesitaba oxígeno embotellado, y si esto le hubiera ocurrido en mitad de uno de sus paseos no habría habido nadie para socorrerle. Así que tuvo que acortar de manera considerable sus caminatas y también tuvo que evitar quedarse solo, ya fuera por el bosque, por el pueblo e incluso por su casa. Los músculos del señor Miguel se debilitaban día tras día, semana tras semana, mes tras mes. Llegó un momento en el que hasta se cansaba al hablar, al respirar, al tragar, al pestañear…

A sus 80 años sus ojos y sus oídos dejaron de cumplir con su función. Su mujer, aunque fuera diez años más joven que él, no podía ayudarle, sus huesos y sus músculos habían empezado a debilitarse considerablemente, y su marido necesitaba a una persona joven y fuerte las veinticuatro horas del día para comer, asearse, hacer un poco de ejercicio, etc.

El señor Miguel, aunque era el testigo más directo de esta transformación, no quiso aceptarla. No soportaba la idea de que su vida ya llegaba a su fin, que ya estaba en la recta final y que cada día que pasaba era un día regalado, un día de propina en su vida. Esto le agrió el carácter, ya no sonreía, hacía mucho tiempo que lo único que hacía era gruñir a quien se le acercara, hasta el día en que conoció a Estrella. Aquella tarde de verano algo dentro del señor Miguel empezó a cambiar para siempre.

06 marzo, 2009

Trucada mortal?


Els rajos de sol del mes d’agost queien amb força sobre el poblet que s’amagava del bullici de la ciutat de Girona. Un home de mitjana edat estava estirat a l'hamaca de la piscina, rodejat pels rosers i de les flors que havien crescut sense que ningú les esperés. Les vespes voleiaven al seu voltant, atrafegades recollint aigua de la piscina, fins que una d’elles es va equivocar i va clavar el seu agulló a la cama dreta de l’humà. Aquest es va aixecar d’un sol bot, matant l’insecte volador.
Un cop comès l’insecticidi l’home va seure en una de les cadires de plàstic que hi havia per allà. Va respirar profundament l’aire del camp, que venia amb una lleuger toc de fem, i es va quedar mirant la serralada de muntanyes que rodejaven aquella zona del país, semblava que l’estiguessin protegint d’algun perill. Aquest pressentiment el va fer pensar en la Clara. “Ja deu haver arribat de París, es va dir, la trucaré avia’m si ja és a casa”.

I, efectivament, quan va sentir que el telèfon començava a sonar la Clara acabava d’arribar al replà de l’apartament del carrer Balmes. Anava amb les mans ocupades de bosses y maletes. Va intentar combinar l’equilibrisme amb la rapidesa que es necessita per poder trobar les claus, obrir la porta i arribar a despenjar el telèfon a temps. Però l’equipatge va guanyar la batalla i la Clara va caure picant amb el cap contra la porta blindada del veí. Alguna de les bosses van caure escales avall, repartint tot el que hi duia entre el segon i el tercer pis. Roba interior, samarretes, sabates, papers, maquillatge, regals... tot va quedar repartit entre aquests dos pisos, i la Clara va veure l’escena des de l’alfombreta del “tot a cent” del veí mentre es palpava el bony que li creixia amb decisió al costat esquerra del seu cap. El telèfon havia deixat de sonar.

Un cop li va haver passat l'estaborniment, la Clara va obrir la porta de l’apartament amb calma i va baixar a recollir tot el que havia caigut un parell de pisos més avall. I mentre realitzava aquesta feina de recuperació de les seves pertinences va sentir que el telèfon tornava a sonar. Va pujar corrent per agafar l’auricular, però sense voler va trepitjar uns papers que s’havien escapat d’una de les carpetes d’una de les bosses que havien rodolat escales avall. Va relliscar, i aquesta vegada el cop va ser a la cama. El dolor va fer que les llàgrimes saltessin dels seus ulls sense control. Agafant-se la cama amb les dues mans i intentant controlar aquell dolor tant intens, va sentir com el telèfon deixava de sonar.

Quan va ser capaç de posar-se dreta va pujar amb molta cautela fins el seu apartament, va anar directa cap el telèfon i va despenjar l’auricular.