21 noviembre, 2009

Mirades des del balcó

El sol il·lumina el carrer entre núvol i núvol. Els nens juguen per la plaça grisa rodejada de floretes blanques mentre els pares els vigilen de lluny. És el senyal de que ja comença a arribar el bon temps. La gent comença a sortir de la seva hivernació i del seu dol... Ja no vesteixen els seus abrics negres, els han canviat per les camises de colors que s'amagaven a l'armari. El groc, el vermell, el taronja, el verd... tots els colors inunden els carrers.

I tu et passeges entremig de tots ells amb la teva jaqueta negra i els teus pantalons grisos; camines arrossegant els peus, abatut... Et veig des del balcó, et veig des de que has girat la cantonada. En cap moment has mirat cap amunt, tampoc has sentit com et cridava, estàs concentrat en mirar per on trepitges, en saber per on vas, concentrat per no topar-te amb cap dels colors que no deixes que entrin en la teva vida.

31 octubre, 2009

¡BRAVO!


¡Bravo! Sempre hi ha algú que crida aquesta paraula després d'un concert d'aquells en el que, mentre els músics toquen, el públic està callat i intenta fer el mínim soroll possible. Sempre hi ha algú preparat per cridar aquesta paraula mil·lèsimes de segons abans que comencin els aplaudiments i els seus crits quedin ofegats en la multitud del soroll de les mans que piquen...

Jo sempre m'imagino aquesta persona mentalitzant-se abans d'entrar a la sala i esperar, expectant, a que arribi la última nota. El seu delit deu créixer a mesura que el final arriba, es deu remoure com un boig en el seu seient fins a arribar a la recta final. És aleshores quan el visualitzo quiet, molt quiet, atent a la música, fent el compte enrere mentre el seu cos avança i les seves mans intenten retenir-lo als reposabraços del seu seient. Fins que arriba el seu mig segon de glòria en el que la resta d'oients el sent crida ¡BRAVO! Un bravo que sent la resta de la sala i que segueixen uns quants, perquè, evidentment, l'eco del bravo comença a sonar. És la segona part del concert, la que sempre s'improvitza i que sempre comença de la mateixa manera (si ha agradat, és clar): se sent el tret de sortida i la gent s'aixeca del seu seient, picant de mans amb entusiasme i cridant ¡BRAVO!

I aleshores jo em pregunto, aquest primer home que crida, sempre és el mateix? Sempre que ho he sentit era la veu d'un home -mai no he sentit cap dòna- i sempre sembla ser la mateixa, amb la mateixa tonalitat, vigor i entusiasme. Resumint, existeix la figura de l'"Home ¡Bravo!"? Hi ha algú que corre de concert en concert cridant per motivar a la resta de públic?


09 septiembre, 2009

Fenòmen estrany


De tant en tant m’aturo, al mig del carrer, del passadís de casa, m’aturo en sec allà on estigui en aquell moment i ho noto. Sento com alguna cosa se m’escapa, com alguna cosa ha passat, a velocitat supersònica i ultrasilenciosa, molt a prop meu i s’allunya de la mateixa manera que ha arribat.


No sé quina forma té, ni quin color, tampoc sé si fa alguna olor, si pensa, si sent, ni tan sols tinc cap manera de saber si és real... però jo sento com passa a través del meu cos sense demanar permís i s’escapa despertant un sentiment d’impotència i de finitud.


De tant en tant es creua en el meu camí i jo no tinc manera de capturar-lo, no tinc manera de saber quan tornarà a aparèixer, la única cosa que sé és que en qualsevol moment tornarà i jo no hi podré fer res, tan sols aturar-me i sentir com s’allunya.


31 julio, 2009

La tienda de la verdad


El hombre paseaba por aquellas pequeñas callecitas de la ciudad provinciana. Tenía tiempo y por eso se detenía algunos instantes delante de cada escaparate, delante de cada tienda, en cada plaza. Al torcer una esquina se encontró de pronto frente a un modesto local cuya marquesina estaba en blanco. Intrigado, se acercó a la vidriera y arrimó la cara al cristal para poder mirar dentro del oscuro escaparate... En el interior solamente se veía un atril que sostenía un cartelito escrito a mano que anunciaba:

Tienda de la verdad

El hombre estaba sorprendido. Pensó que era un nombre de fantasía, pero no pudo imaginar qué vendían.
Entró.
Se acercó a la señorita que estaba en el primer mostrador y preguntó:
- Perdón, ¿esta es la tienda de la verdad?
- Sí, señor. ¿Qué tipo de verdad está buscando? ¿Verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa?
Así que allí vendían verdad. Nunca se había imaginado que aquello era posible. Llegar a un lugar y llevarse la verdad era maravilloso.
- Verdad completa -contestó el hombre sin dudarlo.
"Estoy tan cansado de mentiras y falsificaciones", pensó. "No quiero más falsificaciones ni generalizaciones ni justificaciones, engaños ni fraudes."
- ¡Verdad plena! -ratificó.
- Bien señor. Sígame.
La señorita acompañó al cliente a otro sector, y señalando a un vendedor de rostro adusto, le dijo:
- El señor le atenderá.
El vendedor se acercó y esperó a que el hombre hablara.
- Vengo a comprar la verdad completa.
- Ajá. Perdone, pero, ¿el señor sabe el precio?
- No. ¿Cuál es? -contestó rutinariamente. En realidad, él sabía que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por toda la verdad.
- Si usted se la lleva -dijo el vendedor- el precio es que nunca más volverá a estar en paz.
Un escalofrío recorrió la espalda del hombre. Nunca se había imaginado que el precio fuera tan alto.
- Gra... gracias... Disculpe... -balbuceó.
Dio la vuelta y salió de la tienda mirando al suelo.
Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que aún necesitaba algunas mentiras en las que encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo...
"Quizá más adelante", pensó.


Jorge Bucay, Déjame que te cuente....

18 junio, 2009

Elogio de la lentitud


Una tarde bruñida por el sol de verano de 1985, mi viaje de adolescente por Europa se detiene en una plaza de las afueras de Roma. El autobús que ha de llevarme a la ciudad lleva veinte minutos de retraso y no parece que fuera a aparecer. Sin embargo, el retraso no me molesta. En vez de ir de un lado a otro por la acera o llamar a la compañía de autobuses y presentar una queja, me pongo los auriculares del walkman, me tiendo en un banco y escucho a Simon y Garfunkel, que cantan sobre los placeres de hacer las cosas despacio y el momento duradero. Cada detalle de la escena está grabado en mi memoria: dos chiquillos dan patadas a una pelota alrededor de una fuente medieval, las ramas de los árboles rozan un muro de piedra y una anciana viuda lleva verduras a casa en una bolsa de mallas.


Avancemos velozmente quince años, y todo ha cambiado. El escenario es ahora el ajetreado aeropuerto romano de Fiumicino, yo soy un corresponsal de prensa extranjero que se apresura a tomar el vuelo de regreso a Londres. En vez de dar puntapiés a los guijarros y sentirme eufórico, camino a grandes zancadas por la sala del aeropuerto, maldiciendo en silencio a toda persona que se cruza en mi camino a un ritmo más lento. En vez de escuchar música popular con un walkman barato, hablo por el móvil con un director de periódico que se encuentra a miles de kilómetros de distancia.


En la puerta me coloco al final de una larga cola, en la que no hay nada que hacer más que esperar. Soy el único incapaz de estar mano sobre mano. Hacer que la espera sea más productiva parece que sea menos espera, así que me pongo a hojear un periódico. Y es entonces cuando tropiezo con el artículo que acabará por inspirarme para escribir un libro acerca de la lentitud.


He aquí el titular que me llama la atención: “El cuento para antes de ir a dormir que sólo dura un minuto”. A fin de ayudar a los padres que han de ocuparse de sus pequeños consumidores de tiempo, varios autores han condensado cuentos de hadas clásicos en fragmentos sonoros de sesenta segundos. Hans Christian Andersen comprimido en un resumen para ejecutivos. Mi primer reflejo es gritar ¡eureka! Por entonces estoy trabado en un tira y afloja con mi hijo de dos años, a quien le gustan los relatos largos leídos despacio y con muchas digresiones. Pero todas las noches procuro echar mano de los cuentos más cortos y se los leo con rapidez. A menudo nos peleamos: “Vas demasiado rápido”, se queja. O, cuando me dirijo a la puerta: “¡Quiero otro cuento!”. En parte me siento atrozmente egoísta cuando acelero el ritual a la hora de acostarse el pequeño, pero por otra parte no puedo resistirme al impulso de apresurarme para hacer el resto de las cosas que figuran en mi agenda: la cena, el correo electrónico, leer, revisar facturas, trabajar, las noticias de la televisión… dar un paseo largo y lánguido por el mundo del doctor Seuss no es una opción factible. Es demasiado largo.


Así pues, a primera vista, la serie de cuentos para antes de ir a dormir reducidos a un minuto parece demasiado buena para ser cierta. Sueltas de carrerilla seis o siete “cuentos” y terminas antes de que hayan pasado diez minutos: ¿podría haber algo mejor? Entonces, cuando empiezo a preguntarme con qué rapidez Amazon podrá enviarme toda la serie, aparece la redención en forma de interrogante: ¿acaso me he vuelto loco de remate? Mientras la cola ante la puerta de embarque serpentea hacia la última comprobación del billete, doblo el periódico y me pongo a pensar. Mi vida entera se ha convertido en un ejercicio de apresuramiento, mi objetivo es embutir el mayor número de cosas posibles por hora. Soy Scrooge con un cronómetro, obsesionado por ahorrar hasta la última partícula de tiempo, un minuto aquí, unos pocos segundos allá… Y no se trata sólo de mí. Todas las personas que me rodean, los colegas, los amigos, la familia, están atrapados en el mismo vórtice.


Carl Honoré, Elogio de la lentitud. Un movimiento mundial desafía el culto a la velocidad.

14 abril, 2009

Les ombres de Plató


Al segle V aC, Plató, un dels grans filòsofs grecs, escriu l’al•legoria de “la caverna”, que podem trobar a La República. A fora de la caverna hi ha una foguera i, a l’interior, hi ha uns presoners que viuen encadenats d’esquena a la llum, de manera que ni tan sols poden girar el cap. L’únic que poden veure és la paret del fons de la cova, on es projecten les ombres de les persones que habiten l’exterior i que, de tant en tant, passegen davant de l’entrada de la gruta. De fet, aquests presoners han viscut així des que van néixer, i tan sols han conegut aquestes ombres que es mouen –i que semblen parlar– davant dels seus ulls. Aquesta és la seva única realitat fins que, un dia, un d’ells aconsegueix fugir, i descobreix –no sense sofriment– el món real que hi ha a l’exterior. Malauradament, però, quan torna amb els seus companys i els explica el que ha vist, aquests no creuen res del que senten. Fins al punt que, si poguessin, el matarien.

Ara, a principis del segle XXI, molts de nosaltres vivim deslliurats d’algunes de les cadenes del passat. En canvi, d’altres, hi continuem tan fermament lligats que ni tan sols ens n’adonem. I, en tercer lloc, hi ha molts àmbits en els quals hem perdut tants referents històrics i ideològics que ja no tenim cap temptació de deixar-nos rodolar pels suaus pendents de la llibertat. D’una manera o altra, tots som lliures, esclaus i inconscients. De fet, el més important és saber en quins àmbits exercim amb llibertat, en quins estem condemnats a l’esclavatge i en quins ens sentim satisfets de la nostra còmoda ignorància.

Evidentment, el camí no és gens senzill. Doncs, sovint, encara que ens puguem desfer d’algunes cadenes, rarament tenim prou veu. I, en la majoria dels casos, les nostres paraules no representen cap contingut significatiu per a les orelles d’aquells companys que ens senten però que no ens escolten. Les nostres paraules esdevenen un soroll inintel•ligible. I, a mesura que intentem emetre els nostres propis sons, provem de silenciar els altres sorolls que ens envolten i que ens obliguen a cridar cada vegada més alt. Cridem i intentem silenciar qui va ser capaç de sortir de la foscor i va poder mirar com el sol il•luminava la realitat amb tota la seva esplendor. Intentem silenciar a ell i a la resta de presoners que, com nosaltres, volen imposar la irrealitat de la seva realitat. I, alhora, tots plegats continuem al fons de la caverna, tot provant de demostrar que l’exterior no existeix i que l’única realitat són unes ombres que fa massa temps que observem. De tal manera que, encara que la mentida resulti evident, seguim sense voler veure el camí de sortida que brilla rere nostre.

Mentrestant, a fora, el Sol, pacient, sense pressa, il•lumina l’agonia de l’ésser humà. És a dir, de la lluita dels humans per arribar a ser humans.


Article publicat amb Oriol Junqueras Vies el 24 de desembre de 2008 al in.directe.cat/

29 marzo, 2009

Remolins de realitat inventada



De vegades et sembla que massa coses volen al teu voltant, massa coses giren sense parar, coses que tenen vida pròpia i que sembla que mai moriran. I un bon dia et despertes i somrius, somrius perquè veus que res de tot això era real, que tot havia estat un malson i que pots continuar el teu camí sense haver d’esquivar fantasmes imaginaris que només existeixen dins el teu cap. És aleshores -quan entens que el problema eres tu, només tu, i no el que girava sense parar al teu voltant- que comences a entendre una petita part de la teva realitat. Una realitat que sempre se t’escaparà encara que sigui la teva pròpia existència, una realitat que sempre anirà davant de les teves pròpies passes i que, de tant en tant, t’enviarà uns quants fantasmes que giraran al teu voltant sense parar i que hauràs d’aprendre a esquivar perquè, en realitat, només són fruit de la teva pròpia imaginació desenfrenada.